martes, 6 de diciembre de 2016

Mariposas.

Nunca tuve esas mariposas en el estómago de las que todo el mundo habla.

Contigo fue más parecido a esa sensación de estar en un mar en calma y, de repente, sentir cómo una ola rompe contra tu espalda y su fuerza te arrastra unos cuantos metros bajo el agua sin que tú puedas hacer nada excepto esperar.

Nuestro primer beso fue el momento en el que la ola me alcanzó. Todas las mariposas que hubieran podido existir dentro de mí murieron ahogadas en ese mismo instante. Sólo recuerdo el fulgor de un mar enfurecido, lleno de rabia, lleno de vida, abriéndose paso en mis entrañas. Unas simples mariposas nunca hubieran conseguido crear esa sensación de éxtasis que sentía al saberte mía aquella noche.

Así fue al principio. Cuando todo empezó, eras una tormenta que venía a darle electricidad y emoción a un cielo teñido de tristeza y confusión. Al principio me dabas la fuerza de todas las olas del mar, y en cada beso me ahogaba pero disfrutaba de la adrenalina. Eras una explosión, un terremoto que me dejaba en ruinas, pero no importaba porque siempre me reconstruías.

Luego pasó el tiempo y dejaste de ser un mar salvaje para ser más amable. Nuestros besos podían ser batallas de miles y miles de guerreros cuando se daba el momento indicado, pero habían dejado de serlo a cada instante. Cuando paseabas por mi interior me invadía un calor agradable, como el de un rayo de sol en una tarde de otoño. Las olas habían desaparecido. El mar estaba en calma.

Nunca hubo mariposas porque unas simples alas revoloteando en mi interior jamás hubieran podido describirte. Hubiera necesitado todas las mariposas del mundo y aun así serían pocas. Cuando dejaste de ser mi locura pasaste a ser mi paz. Eras un manto de esperanza que cubría todos los rincones oscuros y fríos en los que no existía nada. Entonces descubrí que existía eso que algunos llamaban felicidad, y que provenía de algo que yo no había creado. No supe ver cómo te convertías en una droga a la que siempre volvería.

Tus dedos llenaban de colores un lienzo vacío que daba sentido a emociones que nunca antes había sido capaz de sentir. Todo lo relacionaba contigo, porque todo tenía un significado si eras tú quien se lo otorgaba. Mi vida entera podía estar pendiendo de un hilo, pero al estar entre tus brazos me desentendía de la realidad. La única paz que he conocido ha sido la de cerrar los ojos y sentir tu corazón al compás del mío.

Sin embargo, cuando te fuiste volvió la tormenta. Si mis cielos habían empezado a clarear, se vieron invadidos por unas nubes más oscuras que nunca antes. Te convertiste en eso de lo que me protegías, y supe entonces que la guerra real había comenzado. No existirían más metáforas sobre el amor. El amor nunca es guerra, ni siquiera cuando más lo parece. El amor es la tranquilidad del alma, y cuando se acaba comienza una batalla contra alguien que no conoces, alguien que llevaba ahí todo el tiempo y no se atrevía a salir. Te busco como un adicto detrás de una última dosis de alegría. Nunca es el último, y realmente nunca traen la felicidad.

A veces, cuando intento volver a encontrar esa paz, me gusta cerrar los ojos e imaginar que alguna vez hubo mariposas y que sus crisálidas siguen ahí esperando nacer de nuevo. Intento buscar el significado de la vida ahora que los colores han desaparecido y no puedo entender nada porque la soledad lo cubre todo. Mis dedos no son capaces de crear nada, y no sé si alguna vez lo hicieron. Quizás yo le di algún significado a tu vida, y me traería algo de paz saber que así fue para no pensar que malgasté mi vida en un sueño. La paz es imposible porque es sólo un sueño más, y los sueños siempre se acaban.


Al menos eso me da esperanzas. Las pesadillas también son sueños, y como tal esta también debe acabar.

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