Por las mañanas grises, por esas que resultan en tardes
amargas y noches blancas.
Esos momentos en los que nada parece tener sentido, en los
que deseas que la lluvia pudiese borrarte como borra todo aquello que ensucia
las calles. Así como sientes ser una mancha más en la vida de los demás.
Que sabes bien que el alcohol no va a conseguir que le
olvides, ni va a hacer que él te quiera, pero sigues intentándolo cada fin de
semana. Y en el fondo de cada vaso se esconde un nuevo enigma que no puedes
resolver, misterios que nadie más sabe ver y que te ahogan poco a poco.
Empiezas a cuestionarlo todo, desconfías de los reflejos de
un espejo que empieza a mostrar lo que tienes dentro. Las sombras abrazan tu
cárcel de huesos, que se descompone al compás de tantos recuerdos que ya
deberían estar muertos. Y todos los días escuchas el murmullo de aquellos que
te ven pasar, pero nunca entiendes sus palabras porque hablan en otro idioma.
Sin embargo, a veces deseas darte la vuelta y cambiar la
rutina, existir como algo más que un fantasma en pasillos que no son lo
suficientemente oscuros como para esconder tu alma. Sabes que el espejo nunca
miente y que ellos también pueden ver lo que tú sientes.
Por eso buscas, casi desesperadamente, alguien que no te
juzgue. Alguien que te tienda una mano y te dedique una sonrisa alegre. Pero
eso no es suficiente. Nada parece serlo últimamente.
A veces parece buena idea escapar, dejar de ser prisionera
de ti misma, en esas noches oscuras en las que el futuro se esfuma y un
presente vacío toma el control de todo. A veces quieres destruir tu prisión,
pero sigues aquí todavía.
Esto va por esas noches, para que sigas viva, para que te
quedes y encuentres otra solución.
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